La lógica de la atracción sexual es simple: se puede sentir o no sentir atracción hacia un sexo y como hay dos de esos en la naturaleza, se deben de esperar cuatro combinaciones.

1. Atraído por el otro sexo.
2. Atraído por el mismo sexo.
3. Atraído por ambos sexos.
4. Atraído por ningún sexo.

Llamamos heterosexual a la primera opción. Esta combinación es la más común y en cierta manera, es la norma que se acepta como tal en la sociedad.

Las posibilidades dos y tres, corresponden a los gays, lesbianas y bisexuales. La llamada comunidad LGBT, o al menos, las primeras tres letras de esas siglas.

Por mucho tiempo, eso fue todo. Como la sociedad presta atención en mayor medida a lo que se mueve, a lo que es activo, las opciones que efectivamente sienten atracción fueron por mucho tiempo las únicas que se conocieron en la sociedad en general.

Sin embargo, la cuarta opción también es una forma de ser válida. No ser atraído por ningún sexo quizás sea algo de minorías, pero es algo respetable, toda vez que es una forma de sentir que se da espontáneamente y que no supone ninguna enfermedad ni tara para el desarrollo de la persona.

A quienes caemos en la cuarta opción, le llamamos asexuales.

El asexual sería entonces, aquel que viene a completar la lógica de la clasificación. No se puede presuponer de buenas a primeras, que todos los seres humanos (con lo infinitamente variados que somos) vamos a tener atracción hacia algún sexo en particular, por lo que con el ánimo de cubrir a la población toda, hay que contemplar todas las opciones y de ahí, la idea de la asexualidad.

Es un poco como incluir la idea de “cero” dentro de los números. Por algún tiempo se pensó tonto tener un símbolo para ninguna cantidad, pero al día de hoy, hace ya muchos miles de años que se ha demostrado su utilidad.

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